Me he roto tantas veces que ya conozco el sonido.
Antes era un estruendo.
Ahora a veces es discreto, casi cortés,
como si el cuerpo entendiera que no es momento
y se rompiera en silencio.
Algunas veces ocurrió por accidente.
Otras, porque romperme a mí
parecía una opción más civilizada
que romperle la cara a alguien
que se lo estaba ganando a pulso.
Con los años aprendí a distinguirlas.
Las fracturas oficiales:
salen en radiografías,
tienen nombre,
reposo obligatorio
y una lógica que tranquiliza a los demás.
Y están las otras.
Las que no aparecen en ningún estudio.
Las que duelen igual,
pero por dentro.
Esas son las peores,
porque puedes seguir moviéndote,
hablando, trabajando,
funcionando.
El mundo sigue intacto
mientras tú te retuerces en silencio
con algo mal acomodado adentro.
No hay yeso.
No hay incapacidad.
Solo la amable expectativa
de que sigas como si nada.
Hay partes de mí que nunca soldaron bien.
No por descuido,
sino por uso excesivo.
Zonas que aprendieron a operar torcidas
porque no había tiempo,
ni margen,
ni nadie sosteniendo mientras cerraban.
Durante años pensé que romperse era fallar.
Luego entendí que era otra cosa:
una forma poco elegante
de seguir viva
sin perder completamente la compostura.
No sané bonito.
No quedé intacta.
No hubo final inspirador.
Hubo adaptación improvisada,
humor negro como analgésico
y una notable habilidad
para seguir avanzando
con piezas sueltas.
Y fue ahí,
entre fracturas mal cerradas
y decisiones discutibles,
donde aprendí lo esencial:
que seguir no siempre significa estar bien.
A veces significa no romperle la cara a nadie
y caminar,
aunque sea
entre pedazos.
Lo que no dije en voz alta
Nada aquí es literal. Pero todo es verdad.
Más recientes
Bio
Colecciono instantes que no dije a tiempo y que regresan cuando la noche se hace larga.
