Lo que no dije en voz alta

Nada aquí es literal. Pero todo es verdad.

Colecciono instantes que no dije a tiempo y que regresan cuando la noche se hace larga.

  • Silencio

    ¿Existe realmente el silencio?
    No el que definimos como ausencia de ruido,
    sino ese estado profundo que promete claridad,
    concentración
    y paz mental.

    Porque eso es lo que dicen:
    que el silencio te ordena,
    te centra,
    te vuelve mejor persona.

    A mí no.

    A veces pienso que el silencio no es un lugar,
    sino una imposibilidad moderna.
    Un ideal que perseguimos
    en un mundo hiperconectado que no sabe bajar el volumen
    y, en mi caso,
    con una mente que definitivamente tampoco coopera.

    Luego alguien te mira muy convencido y te dice:
    “pon tu mente en blanco”.

    Como si fuera una instrucción normal.

    ¿Blanco cómo?
    ¿Tipo hoja nueva?
    ¿Tipo sala minimalista?
    ¿O tipo muerte cerebral?

    A mí el blanco me hace ruido.
    Escucho mi respiración.
    Mi corazón.
    Una lista de pendientes.
    Una conversación incómoda de 2009.
    Y después una culpa que no sé de dónde salió
    y no supe cómo pedirle que se fuera.

    El blanco no me relaja.
    El blanco me grita.

    Por eso el silencio —ese que prometen los gurús luminosos—
    me parece un mito urbano.
    Diseñado para gente
    cuya mente sí tiene botón de apagado.

    O para gente
    que nunca tuvo tanto ruido
    para empezar.

    Pero luego están esos otros silencios.
    Los que no se buscan.
    Los que llegan cuando el mundo te agarra desprevenida.

    Una vez caminé por un sendero en el corazón del planeta,
    un lugar tan vivo
    y tan ajeno a nosotros
    que cada crujido de hojas y madera
    sonaba a advertencia.

    Apagamos las linternas
    y llegó el miedo compartido.
    Ese miedo que no es elegante.
    Ese que no sale en Instagram.

    Después vinieron las risas nerviosas
    y las conversaciones en voz bajita,
    como si nadie pudiera soportar
    quedarse a solas
    con lo que piensa
    o con lo que siente.

    Porque el silencio es bonito…
    pero no tanto.

    Y cuando por fin callaron todas las voces humanas,
    la oscuridad se abrió:
    el zumbido de los insectos,
    los pasos mínimos de criaturas invisibles,
    una luz apenas suficiente
    para recordarme que yo también estaba ahí.

    No era silencio.
    Era la vida respirando
    sin nosotros.

    Otra tarde, viendo aves cruzar un cielo suspendido,
    entendí algo importante:
    el silencio no es ausencia de sonido,
    es una manera distinta de habitarse,
    una en la que, por un momento,
    dejas de pelearte contigo.

    Desde entonces no intento callar al mundo.
    Eso ya sé que no va a pasar.

    Solo espero que, a veces,
    mi mente baje tantito el volumen…
    lo suficiente
    para dejar de actuar zen,
    dejar de hacerlo “bien”,
    y por un rato
    simplemente existir.